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Elton Mayo y el día en que Recursos Humanos dejó de ver personas como piezas

  • 3 dic 2025
  • 5 min de lectura

Durante mucho tiempo, las organizaciones entendieron el trabajo como una operación casi mecánica. Había tareas, horarios, supervisores, procesos y resultados esperados. La persona era vista, en buena medida, como una extensión de la máquina: alguien que debía producir, obedecer, cumplir y adaptarse al sistema.


En ese contexto, hablar de emociones, vínculos, motivación, pertenencia o relaciones humanas dentro del trabajo podía parecer innecesario. Lo importante era la eficiencia. Lo importante era medir tiempos, corregir errores, controlar movimientos y aumentar la productividad.


Pero entonces apareció una idea incómoda para la administración tradicional: las personas no trabajan únicamente por dinero, instrucciones o vigilancia. También trabajan desde lo que sienten, desde cómo son tratadas, desde los vínculos que construyen y desde el lugar que creen ocupar dentro de una organización.


Ahí es donde Elton Mayo se vuelve una figura clave.


Elton Mayo, nacido en 1880 y fallecido en 1949, fue uno de los pensadores más influyentes en el desarrollo de las relaciones humanas dentro del ámbito laboral. Su aporte no consistió simplemente en decir que “hay que tratar bien a la gente”, sino en demostrar que el comportamiento humano dentro de una organización no puede explicarse únicamente desde la lógica de la producción.


Su trabajo marcó un punto de inflexión: el paso de una administración centrada en el control del personal hacia una visión más humana, compleja y estratégica del trabajo.


La organización no es solo estructura; también es vínculo


Uno de los grandes errores de muchas empresas, instituciones y gobiernos sigue siendo pensar que una organización funciona únicamente por organigramas, manuales, procesos y órdenes jerárquicas. Claro que la estructura importa. De hecho, importa muchísimo. Pero ninguna estructura funciona si las personas que la habitan están desconectadas, desmotivadas, agotadas o enfrentadas entre sí.


Mayo ayudó a colocar sobre la mesa una verdad que hoy parece evidente, pero que durante décadas fue ignorada: el trabajador no deja su mundo emocional en la puerta de la oficina.


Llega con expectativas, inseguridades, necesidades de reconocimiento, historia personal, frustraciones, lealtades, cansancio, deseos de pertenecer y también con resistencia cuando siente que el sistema lo utiliza sin verlo.


Una organización puede tener procesos impecables en papel y aun así fracasar si no entiende las relaciones humanas que la sostienen. Puede tener manuales perfectos, pero si su cultura interna está rota, si la comunicación es deficiente o si los liderazgos operan desde el miedo, el resultado será desgaste, simulación y pérdida de talento.


En otras palabras: el clima laboral no es un adorno. La cultura organizacional no es una frase bonita en una pared. La motivación no se resuelve con una pizza el viernes. Y el liderazgo no se demuestra dando órdenes, sino construyendo condiciones para que las personas puedan trabajar mejor.


Del personal administrado al talento comprendido


Antes de que las ideas de Mayo influyeran en el pensamiento organizacional, muchas prácticas laborales estaban centradas en administrar personal. Esto significaba controlar entradas y salidas, asignar tareas, vigilar cumplimiento, pagar salarios y sancionar desviaciones.


Ese enfoque no desapareció por completo. De hecho, muchas organizaciones todavía viven ahí.


Pero la gran aportación de la escuela de relaciones humanas fue abrir camino hacia una idea más profunda: no basta con administrar personas; hay que comprenderlas.


Comprender no significa justificar todo. Tampoco significa convertir la organización en un espacio permisivo donde no existan exigencias. Significa entender que el rendimiento humano depende de múltiples factores: liderazgo, comunicación, reconocimiento, claridad de funciones, sentido de pertenencia, condiciones de trabajo, justicia interna, confianza y propósito.


Cuando una persona no rinde, la pregunta más pobre es: “¿qué le pasa?”.La pregunta más estratégica es: “¿qué está pasando en el sistema para que esta persona no pueda, no quiera o no sepa rendir mejor?”.


Ahí cambia todo.


Porque cuando entendemos a la organización como un sistema humano, dejamos de culpar de manera automática al individuo y empezamos a observar el entorno donde ese individuo trabaja.


La productividad también es emocional


Uno de los grandes mitos de la gestión tradicional es creer que la productividad es un asunto puramente técnico. Como si bastara con dar instrucciones claras, definir metas y presionar lo suficiente para que los resultados aparezcan.


Pero las personas no son hojas de cálculo.


El miedo puede producir obediencia, pero rara vez produce compromiso.

La presión puede generar velocidad, pero también errores.

La vigilancia puede forzar cumplimiento, pero no necesariamente creatividad.

La amenaza puede mover a un equipo durante un tiempo, pero termina destruyendo confianza.

La productividad real necesita condiciones humanas: claridad, confianza, pertenencia, liderazgo, comunicación y reconocimiento.

No como concesiones románticas, sino como elementos estratégicos de desempeño.


Ahí está la vigencia de Elton Mayo.


Su pensamiento nos recuerda que la organización informal —las relaciones, conversaciones, alianzas, tensiones, códigos internos y percepciones compartidas— puede tener tanta fuerza como la estructura formal. A veces, incluso más.


Un colaborador puede tener una descripción de puesto impecable y aun así no saber realmente qué se espera de él. Un equipo puede tener metas claras y aun así sabotearse internamente. Un líder puede tener autoridad formal y no tener legitimidad humana. Una empresa puede presumir valores, pero operar desde prácticas completamente contrarias.


Por eso Recursos Humanos no puede limitarse a contratar, pagar nómina o resolver conflictos cuando ya explotaron. Su papel debe ser mucho más estratégico: leer el sistema humano de la organización.


Recursos Humanos como inteligencia organizacional


Si algo nos deja la influencia de Elton Mayo es la necesidad de entender Recursos Humanos no como un área administrativa, sino como una función de inteligencia organizacional.


RRHH debería ayudar a responder preguntas clave:


¿Qué está sintiendo realmente el equipo?

¿Qué liderazgos están construyendo y cuáles están desgastando?

¿Qué procesos generan frustración innecesaria?

¿Qué áreas están trabajando desde la colaboración y cuáles desde la supervivencia?

¿Qué perfiles están en el lugar correcto y cuáles están siendo desperdiciados?

¿Qué prácticas internas están provocando rotación, conflicto o apatía?


Cuando Recursos Humanos se toma en serio, deja de ser el área que “ve temas del personal” y se convierte en una unidad estratégica para entender cómo funciona realmente la organización.


Porque una cosa es el organigrama y otra muy distinta es el mapa real del poder, la confianza, la comunicación y la colaboración.


Las organizaciones no se rompen únicamente por falta de talento. Muchas veces se rompen porque no saben escuchar, no saben ordenar, no saben liderar o no saben reconocer lo que ocurre debajo de la superficie.


La lección sigue vigente


Hoy hablamos de cultura organizacional, bienestar laboral, liderazgo emocional, experiencia del colaborador, gestión del talento, clima laboral, comunicación interna y sentido de pertenencia. Pero muchas de esas discusiones tienen una raíz común: la comprensión de que el trabajo es una experiencia humana, no solo una actividad productiva.


Elton Mayo ayudó a mover la conversación hacia ese lugar.


No se trata de idealizarlo ni de pensar que sus aportes resolvieron todos los problemas del mundo laboral. Se trata de reconocer que abrió una puerta fundamental: la posibilidad de mirar a las personas dentro de la organización no como recursos pasivos, sino como sujetos con emociones, vínculos, percepciones y capacidad de incidir en el resultado colectivo.


Esa idea sigue siendo profundamente necesaria.

Porque todavía existen empresas que creen que pagar un sueldo les da derecho a ignorar el desgaste de su gente. Todavía hay instituciones que confunden jerarquía con liderazgo. Todavía hay organizaciones que piensan que el problema siempre es el empleado y nunca el sistema. Todavía hay directivos que exigen compromiso mientras construyen culturas de miedo, improvisación o indiferencia.


Y por eso, hablar de Elton Mayo no es mirar al pasado. Es recordar una advertencia que muchas organizaciones aún no terminan de entender:


Ninguna estrategia funciona si desconoce a las personas que deben ejecutarla.

La gestión humana no es suavidad.

No es sentimentalismo.

No es decoración institucional.


Es estrategia.


Porque cuando una organización entiende a su gente, entiende mejor sus propios límites, sus posibilidades y sus riesgos.


Y cuando deja de verla, tarde o temprano empieza a perderla.


Alan Cortés

Socio Fundador y COO | CORAL Consultores

Especialista en Recursos Humanos, estrategia organizacional y desarrollo institucional.

 
 
 

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